CAMILO TORRES, UNA MEMORIA SIGNO DE CONTRADICCIÓN. Por: Henry Ramírez.

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Por: Henry Ramírez.

La vida de Camino Torres es de aquellas que son verdaderamente un signo de contradicción, no solo porque rompió con las lógicas de su clase social, insertándose en la clase popular, sino porque genera controversias y discusiones entre muchos sectores progresistas y de izquierda.

Camilo  rompe  las barreras del tiempo y el espacio, porque sigue presente en nuestras calles, nuestros caminos y veredas, incluso en las fosas donde se encuentran los desaparecidos, para seguir.

La vida de Camino Torres es de aquellas que son verdaderamente un signo de contradicción, no solo porque rompió con las lógicas de su clase social, insertándose en la clase popular, sino porque genera controversias y discusiones entre muchos sectores progresistas y de izquierda.

Cincuenta y dos años después de la muerte de Camilo Torres Restrepo, las generaciones que no lo conocimos personalmente hemos seguido de cerca su caminar histórico, su compromiso de fe y su misión evangelizadora.  Los que nacimos en los años 70 tuvimos que superar, por un lado, el negacionismo de parte de la institucionalidad, ya que en los colegios y en las universidades no se considera a Camilo como un pensador o un Sociólogo que merezca ser estudiado. Tuvimos que superar, por otro lado, la estigmatización de una de sus opciones: es verdad que Camilo, al final de su vida, optó por ingresar a la Guerrilla del Ejército de Liberación Nacional -ELN- . En nuestra infancia se nos susurraba su nombre, pero casi en la clandestinidad, por miedo a ser señalados como guerrilleros del  ELN, situación que  se mantiene, ya que la propaganda estatal nos llenó de un odio irracional contra un supuesto enemigo.

Fuimos aprendiendo del Camilo sacerdote, que se ordenó con la ilusión de servir a su pueblo desde el altar, consagrando su vida en la fracción del pan y del vino, ungido para proclamar la Palabra de Dios a los Pobres, proclamar la Liberación a los cautivos, como lo leemos en el Evangelio de Lucas y como lo aprendimos de los profetas. Incluso cuando renuncia a los privilegios del Clero afirma: “ Yo he dejado los deberes y privilegios del clero, pero no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo.”1

Un Camilo que, desde su vocación sacerdotal, entendió que estudiar la realidad era un imperativo, era necesario comprender las causas de la pobreza, e identificar los responsables de las injusticias y, esta tarea, también es una tarea evangelizadora que no se puede eludir y esquivar sobre el presupuesto de una voluntad divina que todo lo quiere  tal como está, o con el pretexto de estar ocupados en las cosas cultuales.

Una Vocación Sacerdotal que se entiende como entrega y sacrificio,  que renunciando a las propias comodidades de su clase, se identifica con el pueblo y hace suyas las causas y los sufrimientos, comprende que el amor sacerdotal no se expresa en la limosna, sino en la construcción solidaria, colectiva y auto-gestionada de los pueblos, entendida como AMOR EFICAZ.

Una Vocación que se entiende como llamado a servir y a construir colectivamente una sociedad  que camina  haciendo respetar su dignidad, una vocación que se entiende como respuesta a un momento histórico  y a unas condiciones sociales que hacen que las respuestas sean diversas y a veces temerarias para quienes están acostumbrados a siempre hacer lo mismo. Una vocación de construcción de la Unidad de las clases populares y progresistas, invitando a acercarnos desde lo que nos une y no de lo que nos divide.

Un Camilo que conocimos desde el testimonio de hombres y mujeres que, al igual que él, sintieron que su vida religiosa, social y política estaba más allá de las paredes de los templos, conventos, partidos, sindicatos, universidades; ese testimonio que nos enamoró de un estilo de seguimiento y acción social participativa y desde los territorios.  Hombres y mujeres que hicieron de la inserción en sectores populares un estilo y una manera de ser para transformar desde la convicción del amor eficaz.

Un Camilo que interpeló  a la Iglesia  y a la sociedad para que fuera de los pobres, que entendiera que las procesiones que había que organizar y acompañar eran y son aquellas en las cuales se sale a la calle a exigir el respeto a la vida, exigir el cumplimiento de los derechos, la construcción de hospitales, el incremento justo del salario, un transporte público digno, salir a exigir el derecho a la tierra, en fin, que las procesiones recobren el sentido de ser expresión de la fe Popular y de sus derechos.

Un Camilo que fue asesinado y su cuerpo escondido, ocultado, negándole a la familia el derecho a dar sepultura a su ser querido. Como sigue ocurriendo hoy.  Miles de familias  colombianas no han podido dar sepultura digna, porque el Estado les ha negado este derecho, sus cuerpos están inhumados en fosas y cementerios como personas sin identificar o mal conocidos como NN. Sus cuerpos han sido inhumados con otros nombres para impedir que se conozca la verdad. Hoy muchas madres buscan a sus hijos que un día decidieron optar por la rebelión armada y que cayeron en combate, y que no han podido recuperar sus cuerpos porque hoy se siguen presentando los cadáveres como botín de Guerra.

Somos una generación que conoció a Camilo a través de sus escritos, a través de quienes continuaron la ilusión del Frente Unido, a través de la audacia de los análisis sociales y de la tenacidad del trabajo barrial. También lo conocimos en la vitalidad de los grupos juveniles y estudiantiles, en las eternas discusiones de si Camilo es o no “Cura Guerrillero”.

Camilo sigue presente a pesar de la negativa de la academia a reconocer sus aportes sociológicos y teológicos, porque la enseñanza de Camilo no la aprendimos en los claustros universitarios, sino en los grupos y en los círculos de estudio del barrio, en los talleres de derechos humanos, en las Comunidades Eclesiales de Base, o en los grupos de lectura popular de la Biblia. Un camino que muchos quieren ocultar y que otros quieren capitalizar para sus propios intereses.  A Camino jamás lo podremos definir por un momento de su vida. Un hombre libre y libertario nunca se podrá  enmarcar.  El amigo, el sacerdote, el estudiante, el sociólogo, el teólogo, el líder social y político, el profesor, el guerrillero son facetas de su vida que se deben leer de manera integral, para no correr el riesgo de manipular la historia y para hacerle decir a Camilo cosas que tal vez ni siquiera pensó.

Por eso su muerte no es la desaparición, su muerte no es la condena al olvido, su muerte es resurrección, su muerte es testimonio de vida de aquel que nos amó primero y dio su vida por  nosotros, Jesús de Nazaret, que sigue estando en los grupos, en las comunidades, en las organizaciones sociales y sindicales, en las zonas rurales con la lectura Campesina de la Biblia.

Nos negamos al olvido de Camilo, respetamos sus opciones sociales y revolucionarias, compartimos sus opciones de fe y nos negamos a ser estigmatizados y señalados  por admirar a una persona que hizo del Amor un razón para vivir y una estrategia eficaz para transformar el mundo.

Medellín del Ariari

Febrero 15 de 2018

Tomado de http://palabrasalmargen.com/edicion-123/camilo-torres-una-memoria-signo-de-contradiccion/

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