LOS OJOS DE UN HOMBRE LIBRE. Por Wilson Sánchez Jiménez.

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La noche se arremolinó muchas veces en su celda de aislamiento. Es su primera noche del suplicio. La soledad se quedó quieta por un instante. De pronto sus manos tantearon en la oscuridad, buscando su elegante bufanda árabe; por la finísima textura, supo que era la de color rojo con blanco, las otras, no alcanzó a llevarlas consigo. Cuidadosamente, intentó envolver la legendaria Jata en su cuello para sentir que aún estaba vivo y que sus aceros estaban templados para su próximas la luchas.

Sentado al borde de la cama, pensó que su lucha era la lucha de todos los pueblos desposeídos del mundo. En ese momento, por su imaginación pasaron muchos pensamientos como aves migratorias. Meditó por largo rato, sabía a ciencia cierta, que este trance era parte de las probabilidades de negociar con una burguesía criminal, que se niega a aceptar: que su sempiterna violencia institucional, obligará al pueblo a un levantamiento revolucionario para construir una sociedad justa. Desde siempre supo que la razón del Estado burgués, jamás permitiría la construcción de una paz estable y duradera. Recordó por varias horas a sus camaradas muertos en combate y la senda de los sueños comunes.

Sus ojos flotaron sobre la espesura carnicera de un lugar diseñado meticulosamente para ultrajar a los hombres libres –un sótano frío de la tortura y la infamia-. Los ojos de su pensamiento iluminaron con nitidez lo acontecido. Sus convicciones son del material de las rocas andinas y los acantilados caribeños. Los cinceles del terrorismo de Estado, no encontraran fácil la forma de demoler su espíritu libertario.

El tiempo pasó como una sombra en la bruma, huyendo del encierro y los carcelarios. El hombre libre, no dejó de pensar en sus compañeros y compañeras, en sus sueños y esperanzas; recordó la profundidad de la selva y los sonidos de la noche guerrillera; evocó la sabrosura de leer poesía, de escribir en silencio dentro de su cambuche, sintiendo la fuerza de la manigua y la humedad de las raíces de los árboles. Como buen poeta, percibió en las hendiduras de sus recuerdos, las innumerables cabalgatas del viento entre los murmullos del río, la lluvia acariciando el follaje de la selva y el universo abrigando la Utopía.  Su temple sigue intacto, ya ha sido probado por la ferocidad de los hierros del terror burgués. Aprendió a mirar en medio de las dificultades y las adversidades de la guerra.

Se incorporó de nuevo, levantó su rostro, dejó ir un suspiro, pensó en todos sus camaradas prisioneros. Advirtió para sí, que la revolución es urgente en todo el continente y que todos los pueblos tendrán que encontrarse en este propósito. El viejo Santrich, se recostó con extremo cuidado, un movimiento brusco hizo que su cobija se deslizara y cayera al piso, el frío le atrapó la piel, pero sabía muy bien, que un hombre libre no implora consideración de sus verdugos. cerró sus párpados, recitó de memoria las palabras del escritor “José León Sánchez”: -por la vida daría una mano y un ojo, quizá las dos manos y los dos ojos, lo daría todo-, -los humanos no podemos dejarnos aniquilar por nada, ni por nadie, el legado es la vida y la libertad de los pueblos-.

El fiscal Néstor Humberto Martínez y el presidente Juan Manuel Santos, han ordenado su aislamiento; no quieren que nadie se entere de los vejámenes que se comenten contra un hombre ciego, que sólo cuenta con sus ideas libertarias para ver un mundo nuevo; no quieren que los pueblos escuchen como un hombre digno no implora clemencia a sus torturadores; no quieren que su grito guerrillero retumbe en el corazón de los pueblos.

Ciudad de las Palmas, ciudad del delirio, abril 12 de 2018.

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