SOBRE HUMANO, demasiado humano. Por: Víctor Valdivieso

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Los libros honestos hacen honesto al lector, al menos en cuanto sonsaca su odio y repugnancia, que si no la pícara sagacidad sabe ocultar estupendamente. Pero ante un libro uno se deja llevar, por más que ante las personas se inhiba. Friedrich Nietzsche

Por: Víctor Valdivieso. Especial para www.websur.net

Intentar hacer un texto uniforme, y si se quiere plano y “coherente”, a partir de las obras escritas por Friedrich Nietzsche, es casi una odisea. Sobre todo porque en los textos de Nietzsche, en ocasiones, hay resonancias, puentes, intersecciones; pero también desvíos, caminos en contravía, hondonadas que cortan el paso de unos terrenos a otros.

Muestra de ello es Humano, demasiado humano, un texto donde parece rebatir, a profundidad, lo que ya antes había asegurado, confirmado y defendido. En el primer tomo se lee, y eso se ve como un ejercicio sumamente extraño, una reivindicación a la filosofía iluminista y el proyecto de la modernidad. De hecho, suscribe una dedicatoria a Voltaire y cita un pequeño fragmento del Discurso del método de René Descartes. Con esto parece hacer un panegírico a la razón, aquello que en otros lugares había defenestrado. Pareciera como si ahora, a partir de esta obra, quisiera ondear la bandera de lo que tanto criticó. Pareciera como si ahora la búsqueda de la verdad, fuera la búsqueda de la vida misma.

Como quiera que sea, en este texto escrutaré el mensaje aforístico del maestro alemán. Sobre todo aquel mensaje que aparece en lo que se recogió bajo el segundo tomo. Me gustaría desmenuzar y deleitarme con aquello que lleva por título Opiniones y sentencias varias. Aunque claro, no trabajaré todos los aforismos que están en esta parte del texto, ni tampoco los estudiaré de manera secuencial, sino que mostraré algunas sentencias, de repente al azar, que más me cautivaron. En especial los aforismos que se ocupan de la filosofía, de la tradición filosófica y de la vida misma.

Humano demasiado humano.

Esta obra nació en Sorrento durante el invierno de 1876 a 1877, tal como lo señala el mismo autor. Fue, como lo dice en su primer volumen, un libro monológico dedicado, especialmente, a los espíritus libres. Aquellos espíritus que como dice “no los hay, no los ha habido” (Nietzsche. Tomo I. 2001. Pág. 36) pero de los que uno siempre requiere compañía. Aquellos que son: “como valientes camaradas y fantasmas con los que uno charla y ríe cuando tiene ganas de charlar y reír, y a quienes se manda al diablo cuando se ponen pesados”. (Ibídem) Esos espíritus libres que habitan, quizá en la mente y en el corazón de Nietzsche, pero que aparecerán en un mañana, o un pasado mañana, o en el futuro lejano.

Ser un espíritu libre es pasar por un gran desasimiento. Son aquellos hombres que otrora vivieron atados pero que hoy se erigen con el estandarte de la libertad. Un espíritu libre es aquel que puede romper las cadenas más acuciantes, aquellas que atan a los hombres a los momentos más “supremos”. Si uno compara, un espíritu libre es todo lo contrario al hombre que se pavonea con orgullo por las calles de estos tiempos. Un hombre que se preocupa más por tener que por ser. Le preocupa todo y nada. Todo por el consumo, nada por la vida. Cree que vivir es consumir. Vive, trabaja y se desgasta por consumir, por acumular cosas. Las preocupaciones del espíritu esclavo están atravesadas por las cosas. Que el carro nuevo, la casa nueva, los artefactos nuevos, que el ascenso social y laboral para satisfacer el qué dirán, etc. Vive pensando y ocupado en cómo conseguir esas cosas. Y cuando pasa el tiempo y las cosas se deterioran, ve con frustración que su vida pasó por el mundo sin autenticidad, sin vivirla a plenitud. Vivió preocupado por obtener las cosas materiales y mundanas que ocultaron y llevaron a enmudecer su ser. En cambio, un espíritu libre es aquel que solo se ve a sí mismo, en su ser, o como se lee en la voz de Nietzsche: “El espíritu libre le conciernen exclusivamente cosas-¡y cuántas cosas!- que ya no le preocupan.” (Nietzsche. Tomo I. 2001. Pág. 38)

Pero por otro lado, Humano, demasiado humano trata también, y esto lo menciona en el segundo tomo, de hacer una crítica o ajustar cuentas con los representantes del pesimismo romántico. Ese pesimismo abrazado por “los abstinentes, fracasados, derrotados”. (Nietzsche. Tomo II. 2007. Pág. 11) En especial, lanza sus dardos contra Schopenhauer y contra Wagner. Al primero lo ve como el padre de la ciega voluntad de la moral. Al segundo como: “un verdadero romántico pútrido, desesperado (quien) se postró de pronto, desamparado y quebrado, ante la cruz cristiana” (Nietzsche. Tomo II. 2007. Pág. 9) A este antiguo camarada no le va a perdonar la construcción musical romántica, aquella que produce debilidad del espíritu, situándolo en una posición de “impotencia”.

Lo que quiere Nietzsche, o eso es lo que me parece, sobre todo en el segundo tomo, es voltear o invertir ese tipo de pesimismo que, más que llevar a un escepticismo, conlleva a negar la vida. En realidad, Nietzsche busca un: “Optimismo, con el fin de restauración, para un día cualquiera poder volver ser pesimista”. (Nietzsche. Tomo II. 2007. Pág. 10) Es decir este texto sigue la idea y la necesidad vigorosa de Nietzsche de ocuparse de la vida. Vivir teniendo claro que el pensamiento se ocupa de lo Humano, demasiado humano.

Opiniones y sentencias varias.

Pareciera que tiene algo en común este cúmulo de aforismo, a saber: reflexionar sobre la vida y afirmar la existencia. Si uno mira, desde el primer aforismo hay como una especie de reto para aquellos que se decepcionan de la filosofía, sobre todo de la filosofía que se ocupa de la vida. Pero los reta sugiriendo algo así como, ¿Y entonces qué? ¿Qué van hacer? ¿Se van a matar? Con esta singular explosión, del que filosofa a martillazos, Nietzsche inaugura sus reflexiones y sentencias.

Habla contra los pretendientes de la realidad[1], desde luego filósofos, que creen abrazar con fuerza y ahínco la realidad. Creen que sus creencias y sus verdades son las verdaderas, sin sospechar, si quiera, que están presos de una ficción. Ficción que es o bien discursiva, o bien ideológica. Así se despliega una crítica a toda metafísica que ha acompañado a la tradición filosófica. Para Nietzsche, en realidad, uno no puede hablar nunca de verdad, sino de probabilidad y grados de la verdad[2].  Por eso, el pretendiente de la realidad es, si se quiere, un fantasioso[3]. Para Nietzsche: “El fantasioso se niega la verdad así; el mentiroso, solo a los demás. (Nietzsche. Tomo II. Pág. 14)

Para Nietzsche, Un pecado original de los filósofos[4] tiene que ver con apropiar, en su discurso y su sistema de pensamiento, las tesis de los moralistas. Estos filósofos muestran como necesario para la vida aquello que es una opción y que está situado para un contexto específico. El perspectivismo de Nietzsche muestra aquí que no hay máximas morales de manera universal, es decir, lo bueno y malo para una comunidad difiere de lo bueno y malo para otra. La moralidad es situada e histórica, pero el pecado de los filósofos es convertirla en una cosa universal, abstracta y estática. De esta crítica no se escapa ni su maestro Schopenhauer, quien a pesar de hablar de darle prelación a la voluntad por sobre el intelecto, redujo la voluntad a un mero comodín, incluso moral. Por eso dice Nietzsche que:

(…) esa voluntad se ha convertido en una metáfora poética cuando se afirma que todas las cosas de la naturaleza tendrían voluntad; finalmente, con el fin de una aplicación a toda clase de despropósitos místicos, ha sido empleada como una falsa reificación, y todos los filósofos de moda repiten y parecen saber con entera exactitud que todas las cosas serían esta voluntad (Ibídem)

Así pues, lo que hizo Schopenhauer, quizá sin darse cuenta, fue que al negar el intelecto y la razón, y creer que el asunto era la voluntad, convirtió a la voluntad en aquello que antes negó. Sustituyó la razón por la voluntad, pero convirtió la voluntad en una especie de razón. Como quiera que sea, Nietzsche dice que cuando se expresan contradicciones contra sus maestros[5], como lo fue para él Schopenhauer, los demás piensan que se expresan un gran y un enardecido odio hacia ellos, cuando en realidad, es el momento cuando se deja de guardarles rencor. Es en ese momento cuando uno: “se atreve a alzarse junto a él y se desembaraza del tormento de los celos callados” (Ibídem. 2007. Pág. 28)

Por otro lado, los filósofos pecan y yerran cuando sus reflexiones se arrogan el sentido de la universalidad, no se dan cuenta que por más que se quiera pintar el cuadro de la vida[6], en general y universal, no se ha hecho más que pintar el cuadro de la vida particular, de cada quién. Estos filósofos se convierten en una suerte de oscurantistas[7] que no solo oscurecen la mente sino también la imagen del mundo. Son unos “metafísicos sutiles, que preparan el escepticismo y por su desmesurada sagacidad suscitan la desconfianza hacia la sagacidad, son buenos instrumentos de un oscurantismo más refinado”. (Ibídem. Pág. 20) En ese sentido, a diferencia de lo que se cree, estos oscurantistas no llegaron a iluminar, a través de la razón, al espíritu, sino vinieron a ennegrecerlo más.

Desde luego, este tipo de filosofía llega a opacar a la estética[8], reduciendo el goce del arte. El arte también se convierte en una expresión de la moral, cosa que oculta la misma sensibilidad estética. Sin embargo, frente a esto, Nietzsche dirá más adelante[9] que: “solo rara vez debe prestarse oídos a un arte que muestre y exalte los casos excepcionales de la moral- allí donde lo bueno deviene malo, lo injusto justo-“(ibídem. Pág. 24) es decir, solo el arte moral es válido cuando el arte se convierte en una forma de denuncia y un arma para trasfigurar todos los valores.

Como se ve, Nietzsche lanza una crítica mordaz a la tradición filosófica. Pero no solo estas disquisiciones y estas críticas nutren sus aforismos. Nietzsche también habla sobre cuestiones enteramente humanas, próximas a todos los hombres. De hecho, en estos aforismos el pensador alemán habla sobre la vanidad como la cosa en sí que es verdaderamente humana[10], sobre todo porque quien la niega es quien más la posee.[11] Habla sobre la envidia[12], y dice que la envidia silenciosa es mucho más brutal que la común, o sea que aquella que se hace evidente y cacarea los celos. Quien reprime la envidia es el peor envidioso porque disimula su deseo más próximo. Y no solo eso, la envidia que no se puede expresar es la que más asedia y acorrala al ser humano.

También habla de la honestidad[13] y sugiere que aquel que hace alarde de ella es un farsante, un deshonesto. Esto me parece sumamente claro, porque quien requiere del reconocimiento de sus actos, no piensa en sus mismos actos, en los actos por sí mismos, sino en la aceptación que de ellos se derivan. Como aquellos que quieren dejar constancia permanente de sus buenas acciones para embriagarse de gloria, verbigracia los políticos en campaña. Si se invirtiera la lógica, en una sociedad profundamente deshonesta, quizá como la nuestra, el ser más virtuoso y canonizado sería aquel que alardea de su deshonestidad.

Nietzsche habla sobre el desenfreno[14] o el libertinaje, y dice que a diferencia de lo que se cree, la madre o el impulso al desenfreno no es el goce, sino justamente la ausencia de gozo. En efecto, uno tiende al desenfreno cuando carece de aquello que lo hace gozar. De otro modo, si uno tuviera satisfecho el goce no se iría hacia el extremo de la búsqueda del placer. Y creo que en esto el filósofo alemán coincide con aquella tradición que ubica al deseo siempre como carencia, una escasez que nunca se puede llenar y que máxime en una sociedad consumista, que diseña artificialmente deseos sobre cosas para incentivar el mercado, nos mueve hacia otras nuevas ausencias. En consecuencia, vinimos vacíos e insatisfechos.

Por último, Nietzsche no deja de lado uno de los sentimientos que más han preocupado o movido a la especie humana, a saber: el amor. Cuenta como el abandono del yo en la otra persona[15] conlleva a una suerte de engaño, o autoengaño, en el amor. Esto no le permite a uno conocerse a sí mismo, sino enajenarse, perderse por el otro. En efecto, el hombre es el espíritu más servil cuando está enamorado. Por otro lado, el amor[16] es “la artimaña más sutil que tiene el cristianismo” (Ibídem. Pág. 35) para dominar. Y esto, lo dice el filósofo alemán, principalmente porque el cristianismo sustentó su acervo ideológico y sus principios en el amor. Es decir, mientras todo hombre y mujer piensan en esto en los momentos más desinteresados de su vida, otros que viven privados del amor hallan, como dice, una mina en el cristianismo.

Bibliografía

Nietzsche, F. (2001). Humano, demasiado humano. Tomo I. Madrid: Akal. .

Nietzsche, F. (2007). Humano, demasiado humano. Tomo II. Madrid: Akal.

 

 

 

 

[1] Aforismo tres.

[2] Aforismo siete.

[3] Aforismo seis.

[4] Aforismo cinco.

[5] Aforismo sesenta.

[6] Aforismo Diecinueve.

[7] Aforismo veintisiete.

[8] Aforismo veintiocho.

[9] Aforismo cuarenta.

[10] Aforismo cuarenta y seis

[11] Aforismo treinta y ocho.

[12] Aforismo cincuenta y tres.

[13] Aforismo cincuenta y seis.

[14] Aforismo setenta y siete.

[15] Aforismo treinta y siete.

[16] Aforismo noventa y cinco.

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